Y ESE DÍA DECIDÍ NO VOLVER A TENER EQUIPO…

En una ocasión, le encargué a una persona de mi equipo ejecutar un proyecto. El tipo era un crack y podía realizar el encargo con los ojos cerrados. El problema es que tenía que hacerlo fuera de España, teniendo que manejarse con proveedores que no conocía en un idioma en el que le costaba desenvolverse.

Insistí en que era una buena oportunidad de exhibir su talento y ampliar su visibilidad en la organización, pero él no hacía más que poner excusas. Todos los que hemos ido aprendiendo un idioma sobre la marcha sabemos los miedos que genera.

Me mostré inflexible bajo la premisa de que era bueno para él.

Las pasó putas. Durante las semanas previas hizo todo tipo de cursos intensivos en inglés, sufrió anticipando dificultades y un más que probable fracaso. Pero, sobre todo, me maldijo.

La tensión se trasladó a su casa. Durante esas semanas, en la familia se generó un clima que alternaba entre la tristeza, la desesperación y la frustración. Para aquellos niños que veían sufrir a su padre, el jefe de papá era un grandísimo hijo de puta. Y tenían razón.

Llegó el día. El avión partió. No hubo despedida.

Al cabo de unos días, me empezaron a llegar llamadas de felicitación por el trabajo que estaba realizando. El proyecto fue un éxito y generó vínculos con personas de la corporación y de los países gracias a su forma de trabajar y su espíritu de equipo.

El avión aterrizó.

Venía exultante.

Entro en mi despacho y me explicó la experiencia con todo lujo de detalles y la satisfacción de haber hecho un gran trabajo.

Sé que te he jodido dos meses, sé que te lo he hecho pasar muy mal y sé que esto te ha afectado en casa. Quiero pedirte disculpas por ello y quiero decirte que comprendo que me hayas odiado porque es lo mínimo que merecía, le dije

Sí, es cierto, pero después de la experiencia y de lo que me he demostrado, tengo que decirte que me ha compensado, contestó

Ya, pero a mí no.

Y ese fue el día en que decidí no volver a tener equipos a mi cargo nunca más.

Saber que una mala cara tuya puede amargar la tarde a una familia, saber que la autoestima de una persona depende de tu consideración sobre ella, saber que pides cosas que para ti son normales, pero para otra persona son una tortura y, aun así, hacerlo aislándote del sufrimiento ajeno es algo para lo que me siento absolutamente incompetente…

PD. 

No fue la primera vez, por supuesto. 

Recuerdo a una persona de una agencia con la que no me entendía e hice sentir menospreciada en múltiples ocasiones. Como no tenía la misma forma de trabajar que yo, consideraba que no era válida.

Con mucho esfuerzo, mi equipo me hizo comprender lo complementaria que era y la excelente profesional que tenía delante. 

Un día me senté con ella y le pedí disculpas por todos esos momentos desde la más profunda honestidad. 

Injustamente, me perdonó de inmediato y desde entonces nos cogimos un inmenso cariño. Ella solo necesitaba esas disculpas. Para mí, no era suficiente